La Alhambra es uno de esos monumentos que
enamora, no tanto por su arte o su arquitectura -que, desde luego, son
una auténtica maravilla- sino por toda la historia que encierra en su
recinto, que vas reviviendo imaginariamente durante la visita.
Vio
nacer la última etapa del gobierno musulmán en Europa y vio morir Al
Andalus. Entre sus paredes se gestaron conjuras, romances, batallas,
alianzas y asesinatos, y la dolorosa decisión final de un rey -Muhammad
XII, más conocido como Boabdil- de capitular ante los Reyes Católicos.
A
nuestro lado, cuando esperábamos para sacar el ticket de entrada a la
Alhambra, había una pareja. Ella hablaba alto y se quejaba por haber
tenido que madrugar para la visita: "Ya puede merecer la pena el
monumentillo éste", fueron sus palabras textuales. "Monumentillo". Qué
dolor...
No sé cuáles serían sus impresiones al salir, pero aunque no
conociera su historia ni parecía que le importara mucho, estoy
convencida de que le mereció la pena. Es lo que tiene la Alhambra: que
además de Historia, es belleza en estado puro.