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Sobre el orgullo

A los dieciseis aprendí la inutilidad de una cosa que nos retuerce por dentro y nos maneja a su antojo, alejándonos muchas veces de aquello que perseguimos, mostrándonos -otras- como no somos o reflejando en nosotros comportamientos inmaduros o incluso maleducados.

Esa cosa es el orgullo y yo me prometí olvidarme de él a esa edad, precisamente por esta reflexión. Ello explica muchos de mis comportamientos y algunas de mis acciones que estoy segura que a los demás desconciertan y dejan, desde luego, sin su verdadera explicación.

Y es que lo que no tiene importancia o trascendencia se acaba olvidando, ignorando o apartando.

No gana quien sube más alto la cabeza, sino quien aprende la lección y olvida lo superfluo.
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Portada de Santiago de los Caballeros, templo en que fue armado caballero el Cid Campeador


"Yo no estaba hecho de la fibra de los que perdonan las ofensas, pero siempre acababa por olvidarlas. Y alguno de los que creían que yo le detestaba no llegaba a creerse que yo le saludara con una amplia sonrisa. Entonces, según su naturaleza, admiraba mi grandeza de espíritu o despreciaba mi cobardía sin pensar que los motivos eran más sencillos: me había olvidado hasta de su nombre"
La Caída - Albert Camus

Una vida por instinto

A pesar de que el ser humano sea animal racional, existen ciertos individuos de la especie que se empeñan en volver a los orígenes y moverse básicamente por instinto.

De este modo nos encontramos con especímenes cuya vida se reduce a buscar a un igual que le proteja, cortejarle y, acto seguido, reproducirse.

Qué vida tan cómoda... y tan triste.

Existen dos tipos de personas

Existen dos tipos de personas: las que pasan por la vida destruyendo y las que viven construyendo, educando, ayudando a que el mundo avance. Ambas libran una pugna previsiblemente inacabable, pues los daños originados por las primeras son tan frecuentes y numerosos que no les dejan a las segundas tiempo para nada más que para repararlos en la medida de lo posible, sin oportunidad ni lugar para avanzar.

A ello se añade el hecho de que estropear, además de ser gratuito, es relativamente sencillo y rápido, mientras uqe la reparación requiere tiempo, dinero, y mucho esfuerzo (eso en el mejor de los casos, pues en otros tantos el daño es irreversible).

Buena muestra de ello es el testimonio que leí en un foro sobre animales discapacitados. Una chica daba a conocer la historia de un gatito abandonado, al que un niño había torturado con el pretexto de enseñar a sus amigos "cómo se matan los conejos". La gracia dejó al pobre animal con la columna rota, sin apenas movilidad y con posibles heridas internas.

Esta chica que le socorrió se dejó una importante cantidad de dinero (que seguro que no le sobraba) y tiempo en distintas clínicas veterinarias. Y, todo este esfuerzo, para que el gatito quedara, en el mejor de los casos, tal y como estaba en el momento en que el chaval decidìó empezar a divertirse.

No es justo que para que un cavernícola pase el rato tenga que pagar tanta gente con su dedicación, su tiempo y su dinero ganado a base de trabajo. Que el muchacho estuvo entretenido cinco minutos mientras que la recuperación del animalito llevó meses, mucha atención y mucho dinero.

Por cierto, la chica le hizo saber el caso a la Guardia Civil pero ellos prefirieron dejarlo estar, pues el niño pertenecía a una "familia conflictiva". En fin, sin comentarios...

¿Quién nos protege a los buenos en estos casos? ¿Quién está de nuestro lado?

Durante los siglos de andadura de la humanidad hemos conocido importantes avances técnicos, tecnológicos, nos hemos adaptado al entorno y hemos aprendido a extraer de él todos los recursos y comodidades. Y, sin embargo, existe un anacronismo total y absoluto de piel para adentro de muchas personas.

Parece mentira que en nuestro siglo todavía quede gente que para divertirse necesite darle golpes a un animal, correr delante de un toro desorientado, abrir un bicho en canal, cargarse papeleras, farolas o contenedores.

Que si esta gente dedicara ese mismo tiempo a ayudar a cualquiera que le necesitara o a formarse a sí misma como persona, estoy plenamente convencida de que la balanza del mundo comenzaría lentamente a moverse y los resultados serían totalmente positivos para toda la sociedad.

Pero, hasta que eso ocurra, lamentablemente no me queda otra que constatar que, en el año 2010, un importante porcentaje de la humanidad no ha avanzado más allá de lo que lo hicieron los hombres de las cavernas.
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. Callejuela de Cordes-sur-Ciel, Francia

Conciencia y razón

La conciencia puede mover el mundo. Sólo hace falta hacerle caso. Y, paradójicamente, es ahí dónde reside el mayor de sus problemas. Escuchar sus consejos y llevarlos a la práctica no es fácil. No siempre, desde luego. Por eso en muchas ocasiones hacemos oídos sordos a sus palabras y tomamos en solitario las riendas de nuestro gobierno particular.

A corto plazo todo va bien. Las cosas parecen funcionar mejor que nunca, nos sentimos más independientes, ondeamos de nuestro lado la gloriosa bandera de la libertad. Pero a largo plazo las cosas suelen torcerse. Y cuando quieres darte cuenta comprendes que tienes media vida de recuerdos guardados en un cajón. Es el cajón del olvido, pero lo que hay ahí dentro no se borra nunca.
Justificar a ambos lados
Conciencia y razón van de la mano, al menos en mi caso, y me sentiré satisfecha mientras no se disuelva esa unión. No se trata de un capricho, ni de una falta de reflexión, sino todo lo contrario. Intento ser coherente, responsable y consecuente hasta que mis posibilidades no dan más de sí. Y en asuntos de esta índole no me gana cualquiera.

Cúpula del Radcliffe Brown, Oxford

He ahí

Alguna vez, en medio de una conversación, todos hemos dicho o hemos oído decir “Sin él/ella en mi vida, yo no podría seguir adelante”.
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A los que nos han dejado alguna vez y hemos aprendido a reconstruir el puzzle mejorando y reforzando nuestra propia persona sabemos lo incierta que es y debe ser esta afirmación.
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Me explico. No se puede centrar una vida en los besos y los abrazos; no si te importa mantenerte fiel a ti mismo y seguir creciendo. Una persona no puede convertirse en tu medicina: tu medicina tienes que ser tú mismo.
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Este camino implica un viaje hacia dentro, paseos a solas en vez de siempre de la mano, reencuentros, tardes para ti y para nadie más. A veces habrá lágrimas, a veces saltos de alegría, es lo que tiene...

El recorrido es más difícil y más largo, pero guarda sus recompensas y, a la larga, es el que permanece. No es lo mismo construir un caseto de madera empezando por el tejado que edificar una vivienda de piedra comenzando por unos pilares seguros y fuertes. He ahí la diferencia.


Ruinas del Monasterio de Moreruela, Zamora


"Unos corren a juntarse al prójimo porque se buscan a sí mismos, y otros porque quisieran evadirse de sí mismos. Vuestro mal amor a vuestra propia persona convierte vuestra soledad en una prisión"

Así hablaba Zaratustra - F. Nietzsche

El lobo: ¿cuándo acabará la leyenda y empezará la tolerancia?


Desde tiempos inmemorables el lobo ha sido asociado a la superstición, a la maldad, al peligro. Hablar del lobo es hablar de un enemigo ancestral y permanente pero, ¿hasta qué punto es esto cierto? y lo más importante ¿hasta dónde llega la leyenda?

En el mundo celta el lobo estaba directamente vinculado con el Más Allá. Las hermandades de guerreros se organizaban de manera similar a la manada lobera, haciendo suyas cualidades características de los lobos como la jerarquía, disciplina, aguante, inteligencia, agilidad, coordinación... El lobo era, además, quien conducía al guerrero a la vida de ultratumba, adquiriendo así un carácter místico y digno de respeto.

Más adelante, el lobo toma un papel crucial en la misma fundación de Roma, pues es la loba Capitolina la que salva y amamanta a los gemelos destinados a dar origen a la civilización (recordar el mito de Rómulo y Remo). Una historia similar vivió Habis, el que un día sería rey de Tartessos, y que fue abandonado nada más nacer y criado en los bosques por una loba.
Por su parte, los indios norteamericanos respetan y admiran profundamente la figura del lobo, con el que han convivido en paz durante siglos.

Sin embargo en el Occidente de nuestros días, la pugna entre lobo y hombre parece no tener fecha de caducidad. El origen de las tensiones se remonta a la Edad Media y muy especialmente a la expansión del cristianismo. Con la nueva religión llegaron también las grandes peregrinaciones a los Lugares Santos y muchos de estos peregrinos que atravesaban bosque y campo abierto se toparon en su camino con el lobo. Fue entonces cuando se empezó a ver al lobo como una "criatura de las tinieblas", llegándolo a identificar con el mismísimo demonio que asaltaba a los peregrinos en su camino a la redención. La leyenda negra estaba forjada.

Y desde entonces el lobo no ha encontrado tregua. Su población se reduce por momentos y si de muchos irracionales dependiera, esta ya se habría extinguido hace tiempo.

Hoy día el problema no son las peregrinaciones sino otro tipo de rebaños: los lanares. Los pastores han situado al lobo en la diana y no dudan en acusarle como responsable de la muerte de todas y cada una de sus ovejas desaparecidas. Pero ya está bien de señalar al lobo, pongamos las cosas en su sitio: ¿Qué hacen los ganaderos para proteger a sus ovejas?

Por mucho que se haya insistido en esa faceta sobrenatural y poderosa del lobo, este no puede atravesar paredes ni saltar muros de tres metros ¿Habrán caído en la cuenta los ganaderos? las evidencias me obligan a ponerlo en duda...

Los lobos se mueven por instinto, y si llevan días sin comer y se encuentran todo un rebaño de ovejas cuya única protección es una simple valla de un metro, pues qué queréis que os diga que no os haya dicho ya. Responden como responderíamos cualquiera de nosotros si estuviéramos metidos en su pellejo ¿o acaso alguien lo pone en duda?

La verdadera solución a los ataques del lobo es más simple y eficaz que las prehistóricas batidas y sale más barata que las monótonas quejas al Ministerio. La solución es tan obvia como elevar uno o dos metros la altura del redil, y de esta manera el lobo no podrá saltarlo. Los gastos de este añadido pueden exigirse al Ministerio, que seguro que agradece una propuesta menos troglodítica que la manida "acabemos con el lobo de una vez".

El lobo tiene tanto derecho a habitar estas tierras como nosotros, y tenemos que comprenderlo y aceptarlo porque, le pese a quien le pese, no somos los únicos animales que poblamos la faz de la tierra.


Imagen tomada de: http://blogs.librodearena.com/myfiles/lobo/Lobo73.jpg

Desigualdades

Por todos es sabido que, para lograr ciertas recompensas, en ocasiones es necesario realizar algunos sacrificios. Así es como lo hemos entendido en Zamora, donde a lo largo de los últimos años hemos cedido numerosas plazas de aparcamiento en pos de una ciudad más atractiva, más verde y, por qué no, más turística.

Hemos visto cómo se han reducido los aparcamientos del casco antiguo, de la plaza del Cuartel Viejo, plaza del Maestro Haedo, Seminario, Divina Pastora, alrededores de la Iglesia de Santiago, zona del Colegio Universitario, y un importante etcétera, y no nos ha quedado más remedio que asimilarlo como uno de esos sacrificios necesarios para el bien de la ciudad.

La nota discordante aparece cuando, en los largos paseos de cada día en busca de aparcamiento, uno se da cuenta de que la reducción de plazas de estacionamiento no afecta en absoluto a las zonas reservadas al alto funcionariado, que cuentan con el mismo espacio de siempre e incluso con nuevos reservados.

Dando una vuelta por el centro de Zamora nos encontramos con carteles de “reservado” en la calle de San Miguel, Plaza del Mercado, Riego, Plaza de Santa Ana, Plaza de Viriato…

Si todos pagamos los impuestos, ¿por qué unos ciudadanos gozan, en este sentido, de unos privilegios que otros no tienen? ¿Por qué los funcionarios de Tráfico, por ejemplo, tienen plaza de aparcamiento asegurada y gratuita a la entrada de su oficina y una cajera del supermercado contiguo, por ejemplo, tiene que dar veinte vueltas cada mañana hasta aparcar su vehículo, pagar la O.R.A. y salir cada dos horas a renovar la tarjeta si no quiere que la grúa se lleve su vehículo a la primera de cambio?

Muchas facilidades para parte del funcionariado, sí, pero mientras éstas no sean proporcionales a las del resto de ciudadanos, aquí habrá algo que no funcione.


Estado habitual del aparcamiento en la Plaza San Esteban

Shingalana

Se ganó la oportunidad de vivir con esos inquebrantables maullidos que abultaban más que la gatita famélica que nos llamaba a gritos desde la cuneta. Su pata rota, puro hueso descarnado, y el calor impenitente de las tardes de verano la habían postrado ahí, no sé desde pero sí hasta cuando.

Nada más cogerla en brazos cambió los maullidos por un ronroneo que nos acompañó durante todo el camino a casa, a pesar del hambre que taladraba su estómago diminuto. Deboró tazones de leche y taquitos de jamón de york pero no encontró realmente su casa hasta el día siguiente. Ruth le dio esa oportunidad que la naturaleza o, mejor dicho, el resto de los humanos le habían negado, y pudo morir sabiendo que había conocido el dolor de las heridas y el abandono pero también el calor de un abrazo, los juegos con otros gatos, el sabor de las mejores comidas para gatitos y el cariño de una familia humana que se había formado en torno a ella.

La rabia y la impotencia de saber que ya no existe no dejan de preguntarme por qué un angelito como ella con tantas ganas de vivir y con unos padrinos dispuestos a todo no ha podido llegar a vieja. Me preguntan por la incompetencia de los veterinarios, por su preferencia por ganar en lugar de curar; me preguntan por la irracionalidad rancia de los que abandonan, de los que golpean, por la pasividad dañina de los que lo ven todo pero no hacen nada; me preguntan por esa mentalidad troglodítica de quien desprecia a todo animal no humano, así como a todo humano que se sensibiliza con lo animal.

Que si cada uno fuese responsable de sus propias competencias (tanto a nivel personal como profesional) esa gata estaría viva, que son muchos los que han dejado sus deberes sin hacer.

Hicimos lo que pudimos; nosotros sí.



“El hombre puede medir el valor de su propia alma en la mirada agradecida que le dirija un animal al cual ha socorrido”
Platón

Cosas que nunca cambian

La peste negra fue una devastadora epidemia que barrió Europa a lo largo del siglo XIV y que acabó con cerca de un tercio de la población del continente. Para la gente de la época sólo existía una explicación posible ante aquella ola de muerte: la ira de Dios. El mismo Papa fomentó esta creencia al hablar de la «pestilencia con la que Dios está castigando a sus gentes». Resultaba lógico que ante un problema para el que no encontraban explicación dejaran caer el velo de lo siniestro y lo sobrenatural, hasta el punto de pintar a la peste como una doncella que entraba en las casas para llevarse a sus habitantes.

Hoy en día nos parece un asunto de locos el buscar en una condena divina las razones de una enfermedad. El temor de Dios se ha convertido en indiferencia, la Inquisición se ha quedado sólo en un mal recuerdo y a España le empiezan a pesar los crucifijos. Y es que siete siglos no pasan en balde... ¿o sí?


El mundo ha cambiado mucho desde entonces pero parece que siempre queda algo que nos devuelve a los orígenes, que nos recuerda que no somos nadie y que nos hace pensar en Dios, sí, pero de otra manera.


De las tierras que en tiempos de los Reyes Católicos nos llegaban patatas, tabaco y café, ahora nos vienen epidemias. Gajes del progreso y de viajes de altos vuelos, de la vanguardia asimétrica que avanza sin freno en muchos terrenos pero que se hunde en el lodo de muchos otros.


El Hospital Carlos III de Madrid, especializado en enfermedades infecciosas, ha empezado a despejar dos de sus plantas para acoger a posibles infectados por la gripe porcina, que se extiende por el globo como una excursión de escolares en un parque de atracciones.


El director general adjunto en funciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Keiji Fukuda, ha alertado a los países para que vayan preparándose para «lo peor». En España, el último balance de Sanidad eleva a 114 los posibles contagiados, que se encuentran en observación y a la espera de los resultados que confirmen si padecen o no la gripe porcina.


Las enfermedades del pasado siguen presentes en la sociedad actual, pero con otra cara y otro nombre. Las personas ya no piensan igual, la tecnología ha entrado en nuestras vidas, la genética nos permite crear bebés a la carta y la astronomía nos invita a viajar a la Luna casi con la misma facilidad con la que nos vamos a Benidorm. Y, sin embargo, siete siglos después de la peste medieval y en momentos como este, nos queda una impresión: la de que hay cosas que nunca cambian.

¿Dónde está el sentido de la semana santa?

Es un hecho que el número de creyentes ha descendido y sigue descendiendo con el paso de los años, tanto en Zamora como en el resto de España, mientras que las listas de espera para ingresar en las distintas cofradías no hacen sino aumentar.

Ello nos hace plantearnos, inevitablemente, que muchos de esos cofrades que desfilan en la semana santa zamorana probablemente lo hagan sólo por tradición (porque sus padres o sus abuelos lo hacían) o por pasar un buen rato.


Las procesiones de semana santa simbolizan la Pasión de Cristo en nuestras calles, nos hablan de sufrimiento y sacrificio, del precio de un mensaje de salvación que constituye toda una filosofía de vida, la de la vida cristiana. Sin embargo, no deja de ser revelador que en una sociedad cada vez más laica, muchas de esas personas que rechazan a Jesús y presumen de no creer en sus principios son las que aparecen las primeras en las procesiones de semana santa. ¿Dónde ha quedado la coherencia? ¿Dónde el respeto hacia los que sí creen?

En mi opinión la solución a todo esto partiría del interior de cada uno y sería necesaria una reflexión personal que ponderase los valores y creencias de la persona en cuestión y la carga moral que debe implicar el formar parte de una cofradía cristiana.

El problema está en que la coherencia principios-acciones suele brillar por su ausencia en nuestra sociedad. Está claro que es más sencillo y más cómodo trabajar por separado: por un lado va aquello en lo que decimos que creemos, y por otro camino van nuestras acciones. Y esto no acaba aquí porque con el resto de realidades de nuestro día a día (política, ética, religión, educación…) termina pasando lo mismo. Es aquí donde reside una de las mayores enfermedades de la sociedad de nuestros días.
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