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El árbol de la vida

Llevábamos tiempo esperando el estreno de la película El árbol de la vida, y lo cierto es que salimos del cine mucho más contentos de lo que esperábamos, y con enormes ganas de hablar y compartir interpretaciones.

Una película a todas luces diferente, en la que la sucesión de evocadoras imágenes y palabras llenas de sentido invitan al espectador a plantearse su propia existencia, a cambiar las lentes con las que mira el mundo, a VIVIR. La soberbia banda sonora, aderezada de silencios, se encarga del resto.

Leí en una crítica que el filme solo es apto para poetas, amantes del gran cine y filósofos, en el sentido más amplio de cada una de estas palabras. Estoy de acuerdo, porque el mensaje que transmite no se encuentra en la cinta, sino en la mente y en el corazón del espectador.

El árbol de la vida llama a reflexionar tanto durante su visionado como después de los créditos, si tienes la fortuna de haber pasado un buen rato, claro, o al menos de permanecer en el asiento, ya que más de un espectador abandona la sala a mitad de la cinta. Y es que no se trata de una película convencional.

Aunque no guste a muchos, invito a quienes se decidan a verla a pararse a pensar en aquello que quiere transmitir el director en cada secuencia, a trasladarlo a su propia vida, a su propia realidad, porque "es tan peligroso observar sin pensar, como pensar sin observar”, que decía Ramón y Cajal. Ya solo con eso, la experiencia habrá merecido la pena.


Fiestas y animales

Es en las fiestas de muchos pueblos donde mejor se puede dar uno cuenta de lo poco que ha avanzado la mentalidad social con el paso de los siglos.

El evento estrella en tantas localidades de la provincia -como en el resto de España- está relacionado con el ejercicio de la violencia hacia un animal, habitualmente, el toro (aunque tampoco se libran caballos, cabras, cerdos, gallos…). En el escenario fijado para la tortura, se reúne, siempre, lo más granado de la comarca, lo más selecto y valiente. Ver imágenes de estos “espectáculos” me recuerda a una frase que dice: “El coso taurino es el lugar donde se reúnen decenas de cobardes alrededor de un único valiente: el toro”.

La principal ventaja del ser humano, como especie, es el disfrute de un intelecto desarrollado que le permite llegar, con su razonamiento, más allá que ningún otro animal. Nacemos completamente desvalidos y necesitamos años para valernos por nosotros mismos. No tenemos garras, ni alas, ni veneno, ni caparazón, ni una mandíbula poderosa. Solo nuestro cerebro nos ha permitido sobrevivir.

Así que estaría genial que lo empleáramos un poco más a la hora de divertirnos; al menos lo suficiente como para dejar de hacerlo a costa del sufrimiento de otros seres vivos. Entre otras cosas, porque la necesidad de pasar el rato ensañándose con el inocente, con el animal desprotegido y desarmado, deja entrever un alto grado de insatisfacción y de impotencia, en otras tantas facetas de la vida.


España

La coyuntura político-económica que envuelve a España en estos momentos se puede explicar, metafóricamente, comparando al país con un barco que naufraga lentamente.

Zapatero es el capitán del buque, que se niega a abandonarlo hasta el momento justo en el que las aguas lo cubran por completo. Por su parte, los ministros y demás equipo de gobierno componen el groso de la tripulación, que se aleja en botes salvavidas para observar la catástrofe desde la total seguridad de la lejanía.

No resulta difícil imaginarlo, teniendo en cuenta que, en cuestión de semanas, la mano de la Providencia ha logrado colocar a Rodríguez Ibarra en el Consejo de Estado, a Aído en la ONU, o a Ojeda en la embajada de El Salvador (cito solo unos ejemplos). Con la pasmosa facilidad con la que encuentran trabajo los políticos, no me extraña que no reconozcan el alcance real de la crisis económica...


Dice el refrán que, a río revuelto, ganancia de pescadores. En esta historia, la ganancia se la adjudican los miembros de la oposición, en el papel de los piratas que observan de cerca la escena, esperando el momento más crítico para hacerse con el botín: los votos de las próximas Generales. No será un tesoro ganado en una gloriosa batalla, ni peleado, ni merecido. Pero será suficiente para asegurar su porvenir y el de sus hijos.

Porvenir que no tendrán los pasajeros del buque: hombres, mujeres y niños que, a no ser que sepan nadar con maestría o encuentren algo a lo que sujetarse, acabarán hundiéndose con el barco, abandonados por el capitán, la tripulación y los piratas.


El naufragio de "La Esperanza" - Kaspar Dietrich Friedrich -

Sobre la felicidad

Aunque pueda parecer increíble en un mundo tan grande y tan plural como este, existe al menos un objetivo vital que compartimos el común de los mortales: todos queremos llegar a ser felices. Cada individuo aspira alcanzar la cumbre del monte Felicidad por un camino distinto, pero el punto último del trayecto, al final, siempre es el mismo.

Se puede llegar arriba caminando con paciencia, aprendiendo de las caídas y tropezones, deteniéndonos de vez en cuando para disfrutar tanto de las vistas como de las edificantes conversaciones con otros caminantes. Pero no hay que olvidar que el recorrido es largo, sinuoso y cuesta arriba. Por eso muchas personas prefieren alcanzar la cumbre en helicóptero, o se afanan en buscar compañeros entrenados que les lleven, a hombros, hasta la cima.

Estos últimos serán los primeros en colocar sus banderas en lo alto, pero habrán hecho trampa, y eso siempre pasa factura. Y, cuando quieren darse cuenta, se ven esclavos de un trabajo que no les deja tiempo para disfrutar de sus aficiones o de sus seres queridos; o con una pareja hacia la que sienten un gran cariño pero de quien no están enamorados; o con unos hijos que, entre reuniones y cenas de negocios, han crecido sin que ellos se hayan dado cuenta, y ahora son poco menos que unos desconocidos. Quien llega arriba sin esfuerzo, confunde el éxito con la felicidad.

Por eso yo me quedo con el camino largo. Con el que me hace sufrir, pero me hará más fuerte; con el que me obliga a pelearme cada victoria, pero me permite disfrutarla con la gente a la que quiero y con la persona de quien estoy enamorada. Y cuando miro hacia arriba siento pena por las personas que nos adelantan; porque no saben bien todo lo que se están perdiendo en el camino…

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Presente y pasado

Episodios históricos aparentemente tan diferentes como la Revolución Francesa, la Revolución Bolchevique, el triunfo del nazismo o del fascismo, surgieron a partir de ideologías muy distintas, pero presentan un común denominador: aparecieron en coyunturas dominadas por una importante crisis económica.

En cada uno de los casos la población aguantó, estoica, los vaivenes de la recesión: desde la pesada carga fiscal a una galopante reducción de puestos de trabajo, pasando por la subida de precios de los productos más básicos o la certeza de que el poder y las oportunidades de futuro se concentraban en manos de unos pocos.

Los gobernantes oían a lo lejos el clamor de las necesidades de su pueblo, pero, o no querían escuchar, o carecían de la determinación suficiente para enderezar una realidad social que se estaba yendo a pique.

El vaso rebosó (si no se toman medidas, siempre acabará haciéndolo) y una serie de movimientos canalizaron el descontento ciudadano y sumaron las fuerzas necesarias para derrocar monarquías y democracias.

En estos días que vivimos, miro a mi alrededor, ojeo los periódicos, escucho a la gente, y no puedo dejar de sacar conclusiones. ¿No les recuerda a algo todo lo explicado en los párrafos anteriores? La Historia es una lección abierta al mundo que, sin embargo, no acabamos de aprender.


Stonehenge, Reino Unido

Ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos...

Hace un tiempo leí en internet que varios artistas españoles habían grabado un vídeo para dar a conocer una campaña de ayuda humanitaria a la franja de Gaza.
Aplaudí la iniciativa, pues me pareció una buena idea que personas con cierto poder mediático se involucraran en causas solidarias.
Tras ver el video e informarme un poco más sobre el proyecto, comprobé que algunos de los protagonistas ofrecían una visión del conflicto entre Palestina e Israel un tanto sesgada y manipuladora. Me llamó la atención porque, hace tan sólo unos días, fue otro artista español -el director de cine Nacho Vigalondo- quien escribió en la red una serie de chistes sobre el pueblo judío que no tenían ninguna gracia, para culminar sentenciando que el Holocausto fue tan sólo “un montaje”.
En épocas como esta, en las que se coloca la etiqueta de “fascista” con la misma facilidad con que se pronuncia esta palabra, me tomo la libertad de señalar que, si hoy en día existe el fascismo, se encuentra precisamente en actitudes totalitarias como estas.
Ya se sabe: ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos. Para posicionarse de manera un poco coherente, primero hay que conocer la historia del conflicto, el devenir de ambos pueblos desde su origen, comprender sus religiones, sus creencias y tradiciones. Porque, de lo contrario, se actua desde la ignorancia. Y decía Goethe que “no hay nada más terrible que una ignorancia activa”.

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Observación y aprendizaje

El ejercicio de la observación puede ayudar sobremanera en la construcción personal de cada uno.

A veces, encontramos personas que suponen todo un ejemplo en un campo concreto, precisamente porque nos muestran que el límite está más allá de lo que imaginábamos, que se puede ser más bueno, más amable, más culto, más alegre, más valiente.

Pero también nos encontramos, en la vida, con seres humanos que, sin darse cuenta, nos muestran con su personalidad y con sus movimientos, qué es aquello en lo que nunca querríamos convertirnos.

Si se piensa bien, ambos son igual de importantes, pues de la observación de sus actos extraemos un aprendizaje que nos será muy útil, tanto en el día a día, como a la hora de proyectar nuestro futuro. Quizás ése sea uno de los muchos motivos por los que nunca debemos arrepentirnos de haber coincidido, en la vida con una o con otra persona.

No somos más que el fruto de una educación, de unas vivencias que nosotros mismos decidimos si queremos transformar en lección o archivar, simplemente, como un buen o mal recuerdo.

Llevamos con nosotros un pedacito de todos aquellos seres vivos que nos han marcado, que han ido esculpiendo, sin saberlo, lo que somos.


Filosofía de hospitales

Hace algunos años, en una tarde de verano, una persona de mi entorno se puso mala y me pidió que le acompañara a Urgencias. No había nadie en la sala de espera, así que pasó en seguida, y yo me quedé esperando en el vestíbulo.

A los pocos minutos, llegaron un par de chicas y se sentaron junto a mí, hasta que apareció otro médico en busca del próximo paciente. Entonces, ellas me miraron, pensando que era mi turno. Les respondí que podían pasar, que yo solo estaba allí como acompañante, y, mientras se levantaban, una de ellas me sonrió y me dijo algo que no he olvidado en todo este tiempo: “no sabes la suerte que tienes”.


Efectivamente. Estaba en una sala de Urgencias, limitándome a disfrutar del aire acondicionado durante una tarde de verano, y no me había parado a pensar en la enorme suerte que tenía por estar bien, porque podía salir de allí por mi propio pie e irme a tomar un helado, quedar con mis amigos, salir por ahí el fin de semana y hacer lo que me diera la gana, mientras cientos de personas, ese mismo día, tendrían que quedarse en casa, con dolores unos, con desesperanzas otros, con la incertidumbre de no saber si al día siguiente estarían mejor o peor, o si, simplemente, no estarían.

Y es que tener salud no es algo establecido, algo de lo que partimos. Es una tremenda suerte que, por mucho que nos pese, solo sabemos agradecer sinceramente cuando se nos va.

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Fachada decorada con imágenes de Tintín, Bruselas

Lo que nos une

Hace una semana escribí en mi columna del periódico informando sobre lo que yo entendía que era la plataforma Democracia Real Ya. Estoy totalmente de acuerdo con el objetivo fundamental del movimiento: mejorar el sistema electoral ¿Cómo? Desde mi humilde punto de vista, descartando la Ley D’Hondt y adoptando un sistema de listas abiertas. De esta manera, los diputados y senadores serán, en estricto orden, los elegidos por la totalidad de los españoles.


El error en el que creo que está cayendo Democracia Real Ya (al margen de acampar en Sol y no en La Moncloa) es el hecho de querer conseguir demasiado de un sólo golpe. Ya lo dice el refran: quien mucho abarca, poco aprieta.


Pienso que debería olvidarse de programas y sumar todas las fuerzas para tratar de cambiar la ley electoral. Una vez dado este paso, será el pueblo quien elija lo que quiere cambiar y lo que no, a través de unos políticos que de verdad le representen.


Cuanto mayor sea la lista de propuestas consensuadas en las asambleas populares, habrá más probabilidades de que la gente se desvincule del movimiento, por no comulgar con alguno -o varios- de sus principios. Sin embargo, lo que está claro es que el groso de la población considera que España necesita un cambio, y cree que este cambio se puede lograr alcanzando una ley electoral más justa.


Entonces... ¿por qué buscar propuestas que nos separen en lugar de centrarnos en la que nos une?
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No hay edad para aprender

Dejar la infancia y entrar en la adolescencia supone abandonar los juguetes, acompañados de una serie de clichés que se asocian a esta etapa de la vida. El paso de la adolescencia o juventud a una supuesta edad adulta suele situarse en el momento en el que la persona abandona los estudios y comienza a trabajar.

Muchos sostienen que, llegados a este punto, no tiene sentido seguir estudiando. Observan el aprendizaje como un medio para lograr un fin (el empleo) y no como un fin en sí mismo. El conocimiento, sin embargo, ayuda a comprender el mundo que nos rodea, el porqué de los acontecimientos, y eso, precisamente, es lo que nos convierte en hombres y mujeres libres.

Así lo debía de entender el poeta estadounidense Oliver Wendell Holmes, quien, ingresado en un hospital cuando contaba con cerca de noventa años, pasaba su tiempo estudiando gramática griega. Cuando el presidente Roosevelt fue a visitarle, se interesó en preguntarle por qué lo hacía, y Holmes, aún sabiendo que le quedaba poco tiempo de vida, respondió: "para mejorar mi mente, señor presidente".

Ése es el espíritu que echa de menos nuestra sociedad. Y unas gotitas de infancia, como apuntaba ya Pablo Neruda. Porque "el niño que no juega no es un niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta".


Puente de piedra medieval, Zamora