Mirador y dinosaurios
Unos artistas muy grandes
A las ciudades, muchas veces, les falta espíritu. El gris de los pavimentos consigue teñir el ánimo en los días que amanecen tristes y las calles llenas de gente parecen recordar a gritos que uno puede sentirse muy solo, aunque se vea rodeado de una multitud.
El espíritu del que hablo no se encuentra en los monumentos: testigos callados; ni en los paseantes: almas en movimiento que no saben callar; el espíritu de la ciudad se encuentra, muchas veces, en sus artistas callejeros: escultores de emociones y de sonrisas, de nuevas formas de mirar y de sentir las calles de siempre para que, al menos ese día, sean diferentes.
Admiro a estas personas y agradezco profundamente su trabajo, porque imprime personalidad a rincones vacíos, y viste de arte a otros que, por sí solos, tienen mucho que decir.
A cada cual le transmitirán sensaciones y opiniones diferentes. En mi caso, me encanta que escuchar ciertas melodías o encontrarme con un animalito de trapo que baila al son de unas cuerdas sean detalles que me llenen de alegría, que me hagan concebir esa mañana, esa tarde o esa noche, como una mañana, una tarde o una noche diferentes y especiales. Porque cada día de nuestra vida, cada momento lo es. Y aunque, a veces, la rutina consiga que lo olvidemos, siempre están ellos ahí para recordárnoslo.
Organillista que encontré en la ciudad de Albi, frente a la catedral
Aquel día, comí sentada en un banco, en la misma plaza en la que se encontraba este singular artista, que me encandiló desde la primera nota. Una tarde espléndida, con la catedral de Santa Cecilia ante mis ojos, y música francesa en directo, a cargo del mejor artista de la ciudad -para mí, desde luego, lo fue-. Se trató, sin dudarlo, de la mejor comida de mi vida. Siempre recordaré la ciudad francesa con la melodía de aquel organillo...
El árbol de la vida
Llevábamos tiempo esperando el estreno de la película El árbol de la vida, y lo cierto es que salimos del cine mucho más contentos de lo que esperábamos, y con enormes ganas de hablar y compartir interpretaciones.
Una película a todas luces diferente, en la que la sucesión de evocadoras imágenes y palabras llenas de sentido invitan al espectador a plantearse su propia existencia, a cambiar las lentes con las que mira el mundo, a VIVIR. La soberbia banda sonora, aderezada de silencios, se encarga del resto.
Leí en una crítica que el filme solo es apto para poetas, amantes del gran cine y filósofos, en el sentido más amplio de cada una de estas palabras. Estoy de acuerdo, porque el mensaje que transmite no se encuentra en la cinta, sino en la mente y en el corazón del espectador.
El árbol de la vida llama a reflexionar tanto durante su visionado como después de los créditos, si tienes la fortuna de haber pasado un buen rato, claro, o al menos de permanecer en el asiento, ya que más de un espectador abandona la sala a mitad de la cinta. Y es que no se trata de una película convencional.
Aunque no guste a muchos, invito a quienes se decidan a verla a pararse a pensar en aquello que quiere transmitir el director en cada secuencia, a trasladarlo a su propia vida, a su propia realidad, porque "es tan peligroso observar sin pensar, como pensar sin observar”, que decía Ramón y Cajal. Ya solo con eso, la experiencia habrá merecido la pena.
Fiestas y animales
Es en las fiestas de muchos pueblos donde mejor se puede dar uno cuenta de lo poco que ha avanzado la mentalidad social con el paso de los siglos.
El evento estrella en tantas localidades de la provincia -como en el resto de España- está relacionado con el ejercicio de la violencia hacia un animal, habitualmente, el toro (aunque tampoco se libran caballos, cabras, cerdos, gallos…). En el escenario fijado para la tortura, se reúne, siempre, lo más granado de la comarca, lo más selecto y valiente. Ver imágenes de estos “espectáculos” me recuerda a una frase que dice: “El coso taurino es el lugar donde se reúnen decenas de cobardes alrededor de un único valiente: el toro”.
La principal ventaja del ser humano, como especie, es el disfrute de un intelecto desarrollado que le permite llegar, con su razonamiento, más allá que ningún otro animal. Nacemos completamente desvalidos y necesitamos años para valernos por nosotros mismos. No tenemos garras, ni alas, ni veneno, ni caparazón, ni una mandíbula poderosa. Solo nuestro cerebro nos ha permitido sobrevivir.
España
La coyuntura político-económica que envuelve a España en estos momentos se puede explicar, metafóricamente, comparando al país con un barco que naufraga lentamente.
Zapatero es el capitán del buque, que se niega a abandonarlo hasta el momento justo en el que las aguas lo cubran por completo. Por su parte, los ministros y demás equipo de gobierno componen el groso de la tripulación, que se aleja en botes salvavidas para observar la catástrofe desde la total seguridad de la lejanía.
No resulta difícil imaginarlo, teniendo en cuenta que, en cuestión de semanas, la mano de la Providencia ha logrado colocar a Rodríguez Ibarra en el Consejo de Estado, a Aído en la ONU, o a Ojeda en la embajada de El Salvador (cito solo unos ejemplos). Con la pasmosa facilidad con la que encuentran trabajo los políticos, no me extraña que no reconozcan el alcance real de la crisis económica...
Dice el refrán que, a río revuelto, ganancia de pescadores. En esta historia, la ganancia se la adjudican los miembros de la oposición, en el papel de los piratas que observan de cerca la escena, esperando el momento más crítico para hacerse con el botín: los votos de las próximas Generales. No será un tesoro ganado en una gloriosa batalla, ni peleado, ni merecido. Pero será suficiente para asegurar su porvenir y el de sus hijos.
Sobre la felicidad
Aunque pueda parecer increíble en un mundo tan grande y tan plural como este, existe al menos un objetivo vital que compartimos el común de los mortales: todos queremos llegar a ser felices. Cada individuo aspira alcanzar la cumbre del monte Felicidad por un camino distinto, pero el punto último del trayecto, al final, siempre es el mismo.
Se puede llegar arriba caminando con paciencia, aprendiendo de las caídas y tropezones, deteniéndonos de vez en cuando para disfrutar tanto de las vistas como de las edificantes conversaciones con otros caminantes. Pero no hay que olvidar que el recorrido es largo, sinuoso y cuesta arriba. Por eso muchas personas prefieren alcanzar la cumbre en helicóptero, o se afanan en buscar compañeros entrenados que les lleven, a hombros, hasta la cima.
Estos últimos serán los primeros en colocar sus banderas en lo alto, pero habrán hecho trampa, y eso siempre pasa factura. Y, cuando quieren darse cuenta, se ven esclavos de un trabajo que no les deja tiempo para disfrutar de sus aficiones o de sus seres queridos; o con una pareja hacia la que sienten un gran cariño pero de quien no están enamorados; o con unos hijos que, entre reuniones y cenas de negocios, han crecido sin que ellos se hayan dado cuenta, y ahora son poco menos que unos desconocidos. Quien llega arriba sin esfuerzo, confunde el éxito con la felicidad.
Por eso yo me quedo con el camino largo. Con el que me hace sufrir, pero me hará más fuerte; con el que me obliga a pelearme cada victoria, pero me permite disfrutarla con la gente a la que quiero y con la persona de quien estoy enamorada. Y cuando miro hacia arriba siento pena por las personas que nos adelantan; porque no saben bien todo lo que se están perdiendo en el camino…
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Presente y pasado
En cada uno de los casos la población aguantó, estoica, los vaivenes de la recesión: desde la pesada carga fiscal a una galopante reducción de puestos de trabajo, pasando por la subida de precios de los productos más básicos o la certeza de que el poder y las oportunidades de futuro se concentraban en manos de unos pocos.
Los gobernantes oían a lo lejos el clamor de las necesidades de su pueblo, pero, o no querían escuchar, o carecían de la determinación suficiente para enderezar una realidad social que se estaba yendo a pique.
El vaso rebosó (si no se toman medidas, siempre acabará haciéndolo) y una serie de movimientos canalizaron el descontento ciudadano y sumaron las fuerzas necesarias para derrocar monarquías y democracias.
Ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos...
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Observación y aprendizaje
El ejercicio de la observación puede ayudar sobremanera en la construcción personal de cada uno.
A veces, encontramos personas que suponen todo un ejemplo en un campo concreto, precisamente porque nos muestran que el límite está más allá de lo que imaginábamos, que se puede ser más bueno, más amable, más culto, más alegre, más valiente.
Pero también nos encontramos, en la vida, con seres humanos que, sin darse cuenta, nos muestran con su personalidad y con sus movimientos, qué es aquello en lo que nunca querríamos convertirnos.
Si se piensa bien, ambos son igual de importantes, pues de la observación de sus actos extraemos un aprendizaje que nos será muy útil, tanto en el día a día, como a la hora de proyectar nuestro futuro. Quizás ése sea uno de los muchos motivos por los que nunca debemos arrepentirnos de haber coincidido, en la vida con una o con otra persona.
No somos más que el fruto de una educación, de unas vivencias que nosotros mismos decidimos si queremos transformar en lección o archivar, simplemente, como un buen o mal recuerdo.
Llevamos con nosotros un pedacito de todos aquellos seres vivos que nos han marcado, que han ido esculpiendo, sin saberlo, lo que somos.
Filosofía de hospitales
Hace algunos años, en una tarde de verano, una persona de mi entorno se puso mala y me pidió que le acompañara a Urgencias. No había nadie en la sala de espera, así que pasó en seguida, y yo me quedé esperando en el vestíbulo.
A los pocos minutos, llegaron un par de chicas y se sentaron junto a mí, hasta que apareció otro médico en busca del próximo paciente. Entonces, ellas me miraron, pensando que era mi turno. Les respondí que podían pasar, que yo solo estaba allí como acompañante, y, mientras se levantaban, una de ellas me sonrió y me dijo algo que no he olvidado en todo este tiempo: “no sabes la suerte que tienes”.
Efectivamente. Estaba en una sala de Urgencias, limitándome a disfrutar del aire acondicionado durante una tarde de verano, y no me había parado a pensar en la enorme suerte que tenía por estar bien, porque podía salir de allí por mi propio pie e irme a tomar un helado, quedar con mis amigos, salir por ahí el fin de semana y hacer lo que me diera la gana, mientras cientos de personas, ese mismo día, tendrían que quedarse en casa, con dolores unos, con desesperanzas otros, con la incertidumbre de no saber si al día siguiente estarían mejor o peor, o si, simplemente, no estarían.
Y es que tener salud no es algo establecido, algo de lo que partimos. Es una tremenda suerte que, por mucho que nos pese, solo sabemos agradecer sinceramente cuando se nos va.
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Fachada decorada con imágenes de Tintín, Bruselas





