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El ejercicio de la observación puede ayudar sobremanera en la construcción personal de cada uno.
A veces, encontramos personas que suponen todo un ejemplo en un campo concreto, precisamente porque nos muestran que el límite está más allá de lo que imaginábamos, que se puede ser más bueno, más amable, más culto, más alegre, más valiente.
Pero también nos encontramos, en la vida, con seres humanos que, sin darse cuenta, nos muestran con su personalidad y con sus movimientos, qué es aquello en lo que nunca querríamos convertirnos.
Si se piensa bien, ambos son igual de importantes, pues de la observación de sus actos extraemos un aprendizaje que nos será muy útil, tanto en el día a día, como a la hora de proyectar nuestro futuro. Quizás ése sea uno de los muchos motivos por los que nunca debemos arrepentirnos de haber coincidido, en la vida con una o con otra persona.
No somos más que el fruto de una educación, de unas vivencias que nosotros mismos decidimos si queremos transformar en lección o archivar, simplemente, como un buen o mal recuerdo.
Llevamos con nosotros un pedacito de todos aquellos seres vivos que nos han marcado, que han ido esculpiendo, sin saberlo, lo que somos.
Hace algunos años, en una tarde de verano, una persona de mi entorno se puso mala y me pidió que le acompañara a Urgencias. No había nadie en la sala de espera, así que pasó en seguida, y yo me quedé esperando en el vestíbulo.
A los pocos minutos, llegaron un par de chicas y se sentaron junto a mí, hasta que apareció otro médico en busca del próximo paciente. Entonces, ellas me miraron, pensando que era mi turno. Les respondí que podían pasar, que yo solo estaba allí como acompañante, y, mientras se levantaban, una de ellas me sonrió y me dijo algo que no he olvidado en todo este tiempo: “no sabes la suerte que tienes”.
Efectivamente. Estaba en una sala de Urgencias, limitándome a disfrutar del aire acondicionado durante una tarde de verano, y no me había parado a pensar en la enorme suerte que tenía por estar bien, porque podía salir de allí por mi propio pie e irme a tomar un helado, quedar con mis amigos, salir por ahí el fin de semana y hacer lo que me diera la gana, mientras cientos de personas, ese mismo día, tendrían que quedarse en casa, con dolores unos, con desesperanzas otros, con la incertidumbre de no saber si al día siguiente estarían mejor o peor, o si, simplemente, no estarían.
Y es que tener salud no es algo establecido, algo de lo que partimos. Es una tremenda suerte que, por mucho que nos pese, solo sabemos agradecer sinceramente cuando se nos va.
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Fachada decorada con imágenes de Tintín, Bruselas
Hace una semana escribí en mi columna del periódico informando sobre lo que yo entendía que era la plataforma Democracia Real Ya. Estoy totalmente de acuerdo con el objetivo fundamental del movimiento: mejorar el sistema electoral ¿Cómo? Desde mi humilde punto de vista, descartando la Ley D’Hondt y adoptando un sistema de listas abiertas. De esta manera, los diputados y senadores serán, en estricto orden, los elegidos por la totalidad de los españoles.
El error en el que creo que está cayendo Democracia Real Ya (al margen de acampar en Sol y no en La Moncloa) es el hecho de querer conseguir demasiado de un sólo golpe. Ya lo dice el refran: quien mucho abarca, poco aprieta.
Pienso que debería olvidarse de programas y sumar todas las fuerzas para tratar de cambiar la ley electoral. Una vez dado este paso, será el pueblo quien elija lo que quiere cambiar y lo que no, a través de unos políticos que de verdad le representen.
Cuanto mayor sea la lista de propuestas consensuadas en las asambleas populares, habrá más probabilidades de que la gente se desvincule del movimiento, por no comulgar con alguno -o varios- de sus principios. Sin embargo, lo que está claro es que el groso de la población considera que España necesita un cambio, y cree que este cambio se puede lograr alcanzando una ley electoral más justa.
Puente de piedra medieval, Zamora
Portada de Santiago de los Caballeros, templo en que fue armado caballero el Cid Campeador
Callejuela de Cordes-sur-Ciel, Francia