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Ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos...

Hace un tiempo leí en internet que varios artistas españoles habían grabado un vídeo para dar a conocer una campaña de ayuda humanitaria a la franja de Gaza.
Aplaudí la iniciativa, pues me pareció una buena idea que personas con cierto poder mediático se involucraran en causas solidarias.
Tras ver el video e informarme un poco más sobre el proyecto, comprobé que algunos de los protagonistas ofrecían una visión del conflicto entre Palestina e Israel un tanto sesgada y manipuladora. Me llamó la atención porque, hace tan sólo unos días, fue otro artista español -el director de cine Nacho Vigalondo- quien escribió en la red una serie de chistes sobre el pueblo judío que no tenían ninguna gracia, para culminar sentenciando que el Holocausto fue tan sólo “un montaje”.
En épocas como esta, en las que se coloca la etiqueta de “fascista” con la misma facilidad con que se pronuncia esta palabra, me tomo la libertad de señalar que, si hoy en día existe el fascismo, se encuentra precisamente en actitudes totalitarias como estas.
Ya se sabe: ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos. Para posicionarse de manera un poco coherente, primero hay que conocer la historia del conflicto, el devenir de ambos pueblos desde su origen, comprender sus religiones, sus creencias y tradiciones. Porque, de lo contrario, se actua desde la ignorancia. Y decía Goethe que “no hay nada más terrible que una ignorancia activa”.

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Observación y aprendizaje

El ejercicio de la observación puede ayudar sobremanera en la construcción personal de cada uno.

A veces, encontramos personas que suponen todo un ejemplo en un campo concreto, precisamente porque nos muestran que el límite está más allá de lo que imaginábamos, que se puede ser más bueno, más amable, más culto, más alegre, más valiente.

Pero también nos encontramos, en la vida, con seres humanos que, sin darse cuenta, nos muestran con su personalidad y con sus movimientos, qué es aquello en lo que nunca querríamos convertirnos.

Si se piensa bien, ambos son igual de importantes, pues de la observación de sus actos extraemos un aprendizaje que nos será muy útil, tanto en el día a día, como a la hora de proyectar nuestro futuro. Quizás ése sea uno de los muchos motivos por los que nunca debemos arrepentirnos de haber coincidido, en la vida con una o con otra persona.

No somos más que el fruto de una educación, de unas vivencias que nosotros mismos decidimos si queremos transformar en lección o archivar, simplemente, como un buen o mal recuerdo.

Llevamos con nosotros un pedacito de todos aquellos seres vivos que nos han marcado, que han ido esculpiendo, sin saberlo, lo que somos.


Filosofía de hospitales

Hace algunos años, en una tarde de verano, una persona de mi entorno se puso mala y me pidió que le acompañara a Urgencias. No había nadie en la sala de espera, así que pasó en seguida, y yo me quedé esperando en el vestíbulo.

A los pocos minutos, llegaron un par de chicas y se sentaron junto a mí, hasta que apareció otro médico en busca del próximo paciente. Entonces, ellas me miraron, pensando que era mi turno. Les respondí que podían pasar, que yo solo estaba allí como acompañante, y, mientras se levantaban, una de ellas me sonrió y me dijo algo que no he olvidado en todo este tiempo: “no sabes la suerte que tienes”.


Efectivamente. Estaba en una sala de Urgencias, limitándome a disfrutar del aire acondicionado durante una tarde de verano, y no me había parado a pensar en la enorme suerte que tenía por estar bien, porque podía salir de allí por mi propio pie e irme a tomar un helado, quedar con mis amigos, salir por ahí el fin de semana y hacer lo que me diera la gana, mientras cientos de personas, ese mismo día, tendrían que quedarse en casa, con dolores unos, con desesperanzas otros, con la incertidumbre de no saber si al día siguiente estarían mejor o peor, o si, simplemente, no estarían.

Y es que tener salud no es algo establecido, algo de lo que partimos. Es una tremenda suerte que, por mucho que nos pese, solo sabemos agradecer sinceramente cuando se nos va.

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Fachada decorada con imágenes de Tintín, Bruselas

Lo que nos une

Hace una semana escribí en mi columna del periódico informando sobre lo que yo entendía que era la plataforma Democracia Real Ya. Estoy totalmente de acuerdo con el objetivo fundamental del movimiento: mejorar el sistema electoral ¿Cómo? Desde mi humilde punto de vista, descartando la Ley D’Hondt y adoptando un sistema de listas abiertas. De esta manera, los diputados y senadores serán, en estricto orden, los elegidos por la totalidad de los españoles.


El error en el que creo que está cayendo Democracia Real Ya (al margen de acampar en Sol y no en La Moncloa) es el hecho de querer conseguir demasiado de un sólo golpe. Ya lo dice el refran: quien mucho abarca, poco aprieta.


Pienso que debería olvidarse de programas y sumar todas las fuerzas para tratar de cambiar la ley electoral. Una vez dado este paso, será el pueblo quien elija lo que quiere cambiar y lo que no, a través de unos políticos que de verdad le representen.


Cuanto mayor sea la lista de propuestas consensuadas en las asambleas populares, habrá más probabilidades de que la gente se desvincule del movimiento, por no comulgar con alguno -o varios- de sus principios. Sin embargo, lo que está claro es que el groso de la población considera que España necesita un cambio, y cree que este cambio se puede lograr alcanzando una ley electoral más justa.


Entonces... ¿por qué buscar propuestas que nos separen en lugar de centrarnos en la que nos une?
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No hay edad para aprender

Dejar la infancia y entrar en la adolescencia supone abandonar los juguetes, acompañados de una serie de clichés que se asocian a esta etapa de la vida. El paso de la adolescencia o juventud a una supuesta edad adulta suele situarse en el momento en el que la persona abandona los estudios y comienza a trabajar.

Muchos sostienen que, llegados a este punto, no tiene sentido seguir estudiando. Observan el aprendizaje como un medio para lograr un fin (el empleo) y no como un fin en sí mismo. El conocimiento, sin embargo, ayuda a comprender el mundo que nos rodea, el porqué de los acontecimientos, y eso, precisamente, es lo que nos convierte en hombres y mujeres libres.

Así lo debía de entender el poeta estadounidense Oliver Wendell Holmes, quien, ingresado en un hospital cuando contaba con cerca de noventa años, pasaba su tiempo estudiando gramática griega. Cuando el presidente Roosevelt fue a visitarle, se interesó en preguntarle por qué lo hacía, y Holmes, aún sabiendo que le quedaba poco tiempo de vida, respondió: "para mejorar mi mente, señor presidente".

Ése es el espíritu que echa de menos nuestra sociedad. Y unas gotitas de infancia, como apuntaba ya Pablo Neruda. Porque "el niño que no juega no es un niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta".


Puente de piedra medieval, Zamora

Aprendiendo del error

No sé por qué inexplicable razón solo aprendo de verdad cuando yerro. Mi empatía para con los demás no siempre funciona como debiera, y termino por hacerle daño a quien más quiero, por sacrificarme por aquello que no merece la pena o por odiarme a mí misma.
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A veces es necesario saber decir que no cuando algo no te apetece, cortar por lo sano sin remordimientos, pensar en tí y en tus preferencias en la vida, y nada más. Lo he aprendido más tarde de lo que me hubiera gustado, pero me aporta unas cuantas lecciones que, desde luego, necesitaba.
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La vida es un terreno de juego en el que poner en práctica lo aprendido con el paso de los años y siento que cada día, poquito a poco, voy jugando mejor, aunque en ocasiones cueste sudor y lágrimas.
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Por fin tengo claros mis objetivos, por fin sé qué es lo que quiero, y voy a emplear en ello todas mis fuerzas. Y, cuando llegue, podré mirar atrás y sentirme orgullosa de haber esculpido las piedras que se cruzaron en mi camino. Porque aprendo con el error. Pero aprendo.
.Vista de Oxford desde la Torre Carfax

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"Cuando crezcas, descubrirás que ya defendiste mentiras, te engañaste a tí mismo o sufriste por tonterías. Si eres un buen guerrero no te culparás por ello, pero tampoco dejarás que tus errores se repitan"
Paulo Coelho

Nuestro

La vida nunca dejará de sorprendernos. Sus días van cargando sobre nuestras espaldas demasiadas despedidas, lecciones que hubiéramos preferido no aprender pero que son imprescindibles, caminos que terminan, y que comienzan.

Divagamos sobre ello y sobre mil historias más desde mi rincón favorito, que ahora comparto contigo. Va cayendo la tarde, se hace de noche, vemos apagarse el puente y nosotros seguimos ahí.

Enredada en una marea de dudas, propias de mis años, me doy cuenta de que la decisión más importante ya la he tomado.

Ese rincón siempre será el nuestro.
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Sobre el orgullo

A los dieciseis aprendí la inutilidad de una cosa que nos retuerce por dentro y nos maneja a su antojo, alejándonos muchas veces de aquello que perseguimos, mostrándonos -otras- como no somos o reflejando en nosotros comportamientos inmaduros o incluso maleducados.

Esa cosa es el orgullo y yo me prometí olvidarme de él a esa edad, precisamente por esta reflexión. Ello explica muchos de mis comportamientos y algunas de mis acciones que estoy segura que a los demás desconciertan y dejan, desde luego, sin su verdadera explicación.

Y es que lo que no tiene importancia o trascendencia se acaba olvidando, ignorando o apartando.

No gana quien sube más alto la cabeza, sino quien aprende la lección y olvida lo superfluo.
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Portada de Santiago de los Caballeros, templo en que fue armado caballero el Cid Campeador


"Yo no estaba hecho de la fibra de los que perdonan las ofensas, pero siempre acababa por olvidarlas. Y alguno de los que creían que yo le detestaba no llegaba a creerse que yo le saludara con una amplia sonrisa. Entonces, según su naturaleza, admiraba mi grandeza de espíritu o despreciaba mi cobardía sin pensar que los motivos eran más sencillos: me había olvidado hasta de su nombre"
La Caída - Albert Camus

Una vida por instinto

A pesar de que el ser humano sea animal racional, existen ciertos individuos de la especie que se empeñan en volver a los orígenes y moverse básicamente por instinto.

De este modo nos encontramos con especímenes cuya vida se reduce a buscar a un igual que le proteja, cortejarle y, acto seguido, reproducirse.

Qué vida tan cómoda... y tan triste.

Existen dos tipos de personas

Existen dos tipos de personas: las que pasan por la vida destruyendo y las que viven construyendo, educando, ayudando a que el mundo avance. Ambas libran una pugna previsiblemente inacabable, pues los daños originados por las primeras son tan frecuentes y numerosos que no les dejan a las segundas tiempo para nada más que para repararlos en la medida de lo posible, sin oportunidad ni lugar para avanzar.

A ello se añade el hecho de que estropear, además de ser gratuito, es relativamente sencillo y rápido, mientras uqe la reparación requiere tiempo, dinero, y mucho esfuerzo (eso en el mejor de los casos, pues en otros tantos el daño es irreversible).

Buena muestra de ello es el testimonio que leí en un foro sobre animales discapacitados. Una chica daba a conocer la historia de un gatito abandonado, al que un niño había torturado con el pretexto de enseñar a sus amigos "cómo se matan los conejos". La gracia dejó al pobre animal con la columna rota, sin apenas movilidad y con posibles heridas internas.

Esta chica que le socorrió se dejó una importante cantidad de dinero (que seguro que no le sobraba) y tiempo en distintas clínicas veterinarias. Y, todo este esfuerzo, para que el gatito quedara, en el mejor de los casos, tal y como estaba en el momento en que el chaval decidìó empezar a divertirse.

No es justo que para que un cavernícola pase el rato tenga que pagar tanta gente con su dedicación, su tiempo y su dinero ganado a base de trabajo. Que el muchacho estuvo entretenido cinco minutos mientras que la recuperación del animalito llevó meses, mucha atención y mucho dinero.

Por cierto, la chica le hizo saber el caso a la Guardia Civil pero ellos prefirieron dejarlo estar, pues el niño pertenecía a una "familia conflictiva". En fin, sin comentarios...

¿Quién nos protege a los buenos en estos casos? ¿Quién está de nuestro lado?

Durante los siglos de andadura de la humanidad hemos conocido importantes avances técnicos, tecnológicos, nos hemos adaptado al entorno y hemos aprendido a extraer de él todos los recursos y comodidades. Y, sin embargo, existe un anacronismo total y absoluto de piel para adentro de muchas personas.

Parece mentira que en nuestro siglo todavía quede gente que para divertirse necesite darle golpes a un animal, correr delante de un toro desorientado, abrir un bicho en canal, cargarse papeleras, farolas o contenedores.

Que si esta gente dedicara ese mismo tiempo a ayudar a cualquiera que le necesitara o a formarse a sí misma como persona, estoy plenamente convencida de que la balanza del mundo comenzaría lentamente a moverse y los resultados serían totalmente positivos para toda la sociedad.

Pero, hasta que eso ocurra, lamentablemente no me queda otra que constatar que, en el año 2010, un importante porcentaje de la humanidad no ha avanzado más allá de lo que lo hicieron los hombres de las cavernas.
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. Callejuela de Cordes-sur-Ciel, Francia