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20-N

La fecha más nombrada en los últimos meses es la misma que marcó el destino del país hace ahora 36 años. Con la muerte de Franco, aquella noche de noviembre, se abrió un lento camino hacia la democracia que muchos de los españoles que el domingo se encontrarán con las urnas, han vivido en primera persona.

El fugaz Gobierno de Arias Navarro; la elección de Adolfo Suárez y su papel trascendental en la transición hacia una España plural y abierta al cambio; la redacción de una nueva Constitución y el desarrollo de un modelo territorial descentralizado, basado en las autonomías; la legalización de partidos, como el Partido Comunista y el nacimiento de otros, como la Unión de Centro Democrático o Alianza Popular, germen del actual Partido Popular; las primeras elecciones democráticas celebradas después de más de cuarenta años… Un paso tras otro hacia una realidad anhelada por tantos durante décadas.

Pero, de regreso al presente, me pregunto si aquellas personas que votaron por primera vez tras la muerte de Franco se imaginaban que años más tarde, en este nuevo 20-N, España iba a estar como está. Si, cuando soñaban con la democracia, pensaban en un modelo en el que el juego se disputaba solo entre dos (la prueba más clara la tuvimos en el debate de hace un par de lunes), en un resultado final de casi cinco millones de parados, en una España de enchufe y pandereta...

Gala Placidia

Hoy quiero dedicar este espacio a mi mujer favorita de la Antigüedad. No, no es Cleopatra. Su nombre es Gala Placidia y, aunque el mundo apenas se haya hecho eco de su historia, vivió la que hoy denominaríamos “una auténtica vida de película”.

Hija de Teodosio I el Grande, último emperador que mantuvo unido el mundo romano, conoció e hizo suyos los privilegios propios de su rango, hasta el año en que cumplió la veintena. Fue entonces cuando Alarico, rey de los visigodos, saqueó Roma y se llevó a la joven como auténtico trofeo.

De vuelta en su reino, concertó el matrimonio entre Gala y su hijo Ataulfo, con la esperanza de unir las patrias de ambos en un único imperio. Sin embargo, lo que se planeó como una unión de conveniencia acabó siendo toda una expresión de amor, pues cuando los dos jóvenes se conocieron, se enamoraron perdidamente.

Tras la boda en la ciudad de Narbo, se instalaron en Barcino (actual Barcelona), donde nació su único hijo, que recibió el nombre de Teodosio en honor a su abuelo romano. Este niño, por cuyas venas corría sangre bárbara y romana, encarnó la esperanza de fundir la grandiosa Roma con el pujante reino godo.

Pero la felicidad duraría poco, ya que Ataulfo fue asesinado en medio de una serie de conjuras, y su mujer condenada a un calvario de humillaciones públicas. El bebé murió, y el nuevo rey de los godos, Walia, se enriqueció negociando la devolución de Gala a su Roma natal, donde se vió obligada a empezar su vida prácticamente desde cero. Se convirtió en esposa y madre de emperadores y consagró el resto de sus días a vivir según la filosofía cristiana, a la que siempre había sido leal.

Gala murió con más de 70 años -toda una barbaridad para la época- y fue enterrada en Rávena, donde la leyenda asegura que descansa junto a la persona que le enseñó el sentido de la felicidad, lejos de los lujos y los caprichos de la Corte. No es necesario decir su nombre, ¿verdad?

Estatua de Ataulfo en la Plaza de Oriente de Madrid

Un lluvioso día de cumpleaños


Lo primero que ví cuando levanté la persiana fue la lluvia a través del cristal. Sin embargo en mi recién estrenado cielo de los veinticinco, como en la canción de Springsteen, no existía ni una sola nube.

En un momento en el que todos los detalles de la vida pasan casi obligatoriamente por Facebook, Tuenti o WhatsApp, decidí borrar mi fecha de cumpleaños de las redes sociales y he podido recibir el cariño de las personas que me quieren de verdad, que me hace infinitamente más ilusión que las ciento y pico felicitaciones en el tablón de internet.

Tengo una familia que me encanta; pocos AMIGOS con mayúsculas, pero de verdad; un trabajo en el que sentirme realizada; y lo más importante: he encontrado a la persona con la que quiero pasar el resto de mis cumpleaños, porque sólo con él encuentro la plenitud cada día que nace y que termina, sea de cumpleaños o no.

Puedo decir bien alto y sin miedo a equivocarme que, cada día que pasa, estoy más enamorada. Que tus pequeños defectos no son nada si los comparo con todo lo que me aportas, con todo lo que me haces crecer, con todo lo que TE QUIERO.

Decididamente, el mejor regalo de todos los que podría recibir ya me lo habéis dado. Es celebrarlo sabiendo que os tengo a VOSOTROS.

Sabiendo que te tengo a tí.



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I´m waitin´, waitin´ on a sunny day
Gonna chase the clouds away
Waitin´ on a sunny day

Without you, I´m workin´ with the rain fallin´ down
I´m half a party in a one dog town
I need you to chase these blues away
Without you, I´m a drummer girl that can´t keep a beat
An ice cream truck on a deserted street
I hope that you´re coming to stay

I´m waitin´, waitin´ on a sunny day
Gonna chase the clouds away
Waitin´ on a sunny day

La España que hemos heredado

El otro día, en la red social de un amigo, leí una frase que me resultó simpática, a pesar de que el trasfondo encierra la triste realidad. Decía lo siguiente: “En España los licenciados solo tenemos tres salidas: por tierra, por mar o por aire”. Y si eso es aplicable al conjunto de España en general, no les cuento en el caso de Zamora en particular…

Hasta hace unos años, estudiar una carrera significaba asegurarse el porvenir con una buena paga y una vida digna. A día de hoy, sin embargo, los papeles se invierten. Las plantillas de hamburgueserías, pizzerías, supermercados y cafeterías empiezan a llenarse de jóvenes ingenieros, historiadores, biólogos, abogados… que, cansados de no encontrar empleo en su campo, no les ha quedado otra que conformarse con lo que hay. Porque, más allá del enchufe y de la lotería, esto es lo único que hay.

En la España que hemos heredado los jóvenes del presente, los veinteañeros licenciados tenemos que trabajar (si tenemos la fortuna) a la vez que sacamos másteres y posgrados y, si es posible, preparamos una oposición. El futuro, incierto; los sueños, claros: poder vivir de nuestra profesión, no conformarnos con lo que no merecemos.

La respuesta no es: “no se puede”, sino: “me está costando, estoy en ello”.


Mirador y dinosaurios


Aquel mirador era su rincón favorito de toda la ciudad. Solía sentarse allí a leer, a escribir, a escuchar música, a dejarse llevar por aquel cúmulo de sensaciones que le hacían sentirse libre y desplegar las alas. A veces, imaginaba que no estaba allí sola, que tenía a su lado a alguien con quien compartir sus pensamientos, con quien divagar sobre el cosmos y las estrellas.

Pasaron los años, con sus sueños y lecciones, y una noche de mayo, al sentarse en su rincón de siempre, miró a su izquierda y allí estaba él. Su historia juntos era mucho más larga y, sobre todo, mucho más especial de lo que la gente sospechaba. Pero, ¿qué importa la gente? Allí estaban ellos dos, con sus sonrisas al viento, con sus conversaciones sobre dinosaurios, con sus recuerdos compartidos y sus ganas de sentirse jóvenes. Porque lo eran.

Habían dispuesto las cartas y la vida las había jugado por ellos. Dos veces. Y ahora, mirando atrás desde la distancia, de la mano, todo tenía sentido.

Se acercaba el fin de semana, se avecinaba otra primavera y ella solo tenía ojos para él. Miradores, fotografías, paseos, conversaciones interminables, carcajadas, besos, gominolas para dos… Mientras se vestía para ir a buscarle, una canción de The Cure sonaba de fondo: “It’s Friday, I’m in love”.


Mirador del Troncoso, Zamora. 2010

Unos artistas muy grandes

A las ciudades, muchas veces, les falta espíritu. El gris de los pavimentos consigue teñir el ánimo en los días que amanecen tristes y las calles llenas de gente parecen recordar a gritos que uno puede sentirse muy solo, aunque se vea rodeado de una multitud.

El espíritu del que hablo no se encuentra en los monumentos: testigos callados; ni en los paseantes: almas en movimiento que no saben callar; el espíritu de la ciudad se encuentra, muchas veces, en sus artistas callejeros: escultores de emociones y de sonrisas, de nuevas formas de mirar y de sentir las calles de siempre para que, al menos ese día, sean diferentes.

Admiro a estas personas y agradezco profundamente su trabajo, porque imprime personalidad a rincones vacíos, y viste de arte a otros que, por sí solos, tienen mucho que decir.

A cada cual le transmitirán sensaciones y opiniones diferentes. En mi caso, me encanta que escuchar ciertas melodías o encontrarme con un animalito de trapo que baila al son de unas cuerdas sean detalles que me llenen de alegría, que me hagan concebir esa mañana, esa tarde o esa noche, como una mañana, una tarde o una noche diferentes y especiales. Porque cada día de nuestra vida, cada momento lo es. Y aunque, a veces, la rutina consiga que lo olvidemos, siempre están ellos ahí para recordárnoslo.


Organillista que encontré en la ciudad de Albi, frente a la catedral

Aquel día, comí sentada en un banco, en la misma plaza en la que se encontraba este singular artista, que me encandiló desde la primera nota. Una tarde espléndida, con la catedral de Santa Cecilia ante mis ojos, y música francesa en directo, a cargo del mejor artista de la ciudad -para mí, desde luego, lo fue-. Se trató, sin dudarlo, de la mejor comida de mi vida. Siempre recordaré la ciudad francesa con la melodía de aquel organillo...

El árbol de la vida

Llevábamos tiempo esperando el estreno de la película El árbol de la vida, y lo cierto es que salimos del cine mucho más contentos de lo que esperábamos, y con enormes ganas de hablar y compartir interpretaciones.

Una película a todas luces diferente, en la que la sucesión de evocadoras imágenes y palabras llenas de sentido invitan al espectador a plantearse su propia existencia, a cambiar las lentes con las que mira el mundo, a VIVIR. La soberbia banda sonora, aderezada de silencios, se encarga del resto.

Leí en una crítica que el filme solo es apto para poetas, amantes del gran cine y filósofos, en el sentido más amplio de cada una de estas palabras. Estoy de acuerdo, porque el mensaje que transmite no se encuentra en la cinta, sino en la mente y en el corazón del espectador.

El árbol de la vida llama a reflexionar tanto durante su visionado como después de los créditos, si tienes la fortuna de haber pasado un buen rato, claro, o al menos de permanecer en el asiento, ya que más de un espectador abandona la sala a mitad de la cinta. Y es que no se trata de una película convencional.

Aunque no guste a muchos, invito a quienes se decidan a verla a pararse a pensar en aquello que quiere transmitir el director en cada secuencia, a trasladarlo a su propia vida, a su propia realidad, porque "es tan peligroso observar sin pensar, como pensar sin observar”, que decía Ramón y Cajal. Ya solo con eso, la experiencia habrá merecido la pena.


Fiestas y animales

Es en las fiestas de muchos pueblos donde mejor se puede dar uno cuenta de lo poco que ha avanzado la mentalidad social con el paso de los siglos.

El evento estrella en tantas localidades de la provincia -como en el resto de España- está relacionado con el ejercicio de la violencia hacia un animal, habitualmente, el toro (aunque tampoco se libran caballos, cabras, cerdos, gallos…). En el escenario fijado para la tortura, se reúne, siempre, lo más granado de la comarca, lo más selecto y valiente. Ver imágenes de estos “espectáculos” me recuerda a una frase que dice: “El coso taurino es el lugar donde se reúnen decenas de cobardes alrededor de un único valiente: el toro”.

La principal ventaja del ser humano, como especie, es el disfrute de un intelecto desarrollado que le permite llegar, con su razonamiento, más allá que ningún otro animal. Nacemos completamente desvalidos y necesitamos años para valernos por nosotros mismos. No tenemos garras, ni alas, ni veneno, ni caparazón, ni una mandíbula poderosa. Solo nuestro cerebro nos ha permitido sobrevivir.

Así que estaría genial que lo empleáramos un poco más a la hora de divertirnos; al menos lo suficiente como para dejar de hacerlo a costa del sufrimiento de otros seres vivos. Entre otras cosas, porque la necesidad de pasar el rato ensañándose con el inocente, con el animal desprotegido y desarmado, deja entrever un alto grado de insatisfacción y de impotencia, en otras tantas facetas de la vida.


España

La coyuntura político-económica que envuelve a España en estos momentos se puede explicar, metafóricamente, comparando al país con un barco que naufraga lentamente.

Zapatero es el capitán del buque, que se niega a abandonarlo hasta el momento justo en el que las aguas lo cubran por completo. Por su parte, los ministros y demás equipo de gobierno componen el groso de la tripulación, que se aleja en botes salvavidas para observar la catástrofe desde la total seguridad de la lejanía.

No resulta difícil imaginarlo, teniendo en cuenta que, en cuestión de semanas, la mano de la Providencia ha logrado colocar a Rodríguez Ibarra en el Consejo de Estado, a Aído en la ONU, o a Ojeda en la embajada de El Salvador (cito solo unos ejemplos). Con la pasmosa facilidad con la que encuentran trabajo los políticos, no me extraña que no reconozcan el alcance real de la crisis económica...


Dice el refrán que, a río revuelto, ganancia de pescadores. En esta historia, la ganancia se la adjudican los miembros de la oposición, en el papel de los piratas que observan de cerca la escena, esperando el momento más crítico para hacerse con el botín: los votos de las próximas Generales. No será un tesoro ganado en una gloriosa batalla, ni peleado, ni merecido. Pero será suficiente para asegurar su porvenir y el de sus hijos.

Porvenir que no tendrán los pasajeros del buque: hombres, mujeres y niños que, a no ser que sepan nadar con maestría o encuentren algo a lo que sujetarse, acabarán hundiéndose con el barco, abandonados por el capitán, la tripulación y los piratas.


El naufragio de "La Esperanza" - Kaspar Dietrich Friedrich -

Sobre la felicidad

Aunque pueda parecer increíble en un mundo tan grande y tan plural como este, existe al menos un objetivo vital que compartimos el común de los mortales: todos queremos llegar a ser felices. Cada individuo aspira alcanzar la cumbre del monte Felicidad por un camino distinto, pero el punto último del trayecto, al final, siempre es el mismo.

Se puede llegar arriba caminando con paciencia, aprendiendo de las caídas y tropezones, deteniéndonos de vez en cuando para disfrutar tanto de las vistas como de las edificantes conversaciones con otros caminantes. Pero no hay que olvidar que el recorrido es largo, sinuoso y cuesta arriba. Por eso muchas personas prefieren alcanzar la cumbre en helicóptero, o se afanan en buscar compañeros entrenados que les lleven, a hombros, hasta la cima.

Estos últimos serán los primeros en colocar sus banderas en lo alto, pero habrán hecho trampa, y eso siempre pasa factura. Y, cuando quieren darse cuenta, se ven esclavos de un trabajo que no les deja tiempo para disfrutar de sus aficiones o de sus seres queridos; o con una pareja hacia la que sienten un gran cariño pero de quien no están enamorados; o con unos hijos que, entre reuniones y cenas de negocios, han crecido sin que ellos se hayan dado cuenta, y ahora son poco menos que unos desconocidos. Quien llega arriba sin esfuerzo, confunde el éxito con la felicidad.

Por eso yo me quedo con el camino largo. Con el que me hace sufrir, pero me hará más fuerte; con el que me obliga a pelearme cada victoria, pero me permite disfrutarla con la gente a la que quiero y con la persona de quien estoy enamorada. Y cuando miro hacia arriba siento pena por las personas que nos adelantan; porque no saben bien todo lo que se están perdiendo en el camino…

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